Tormenta.
De nuevo saltan los plomos en este piso,
apartamento mononuclear
singular afirmativo.
Tormento.
Alumbran parpadeantes
las chispas que se desprenden del hierro herido
dibujando estelas de abandono y ausencias,
cuando las lámparas han consumido ya
todo el aceite balsámico,
gota a gota, agotado…
Ella avanza a tientas
por el conocido pasillo sombrío
que desemboca en el cuadro eléctrico;
recuerda haber pagado cada recibo atrasado,
pero la vida vuelve a pasar factura,
erigiendo al color gris
como emperador de aquel encogido
cuarto, menguante, anodino…
tonalidades apagadas
se precipitan al vacío.
El carmín, del color que mejor describía su estampa,
hace tiempo que se diluyó en la saliva
de algún invitado al manjar
de sus voraces muslos.
Corriente, corriente, corriente…
Tacones de aguja se enredan
como fugas de petróleo hacia sus caderas,
se derriten sus pestañas
en quebradas líneas negras
esculpiendo confusos códigos de barras.
En sus pasos se adivinan los sonidos vacíos
que sirven de himno a las marchas funestas;
el sonido hueco, eco,
de viejos tacones sin tapas
que se rinden hoy
en homenaje al silencio.
Las ganas han decidido desatarse de sus tendones
vertiendo sobrecargas
en las redes de sus medias zurcidas;
roído encaje negro que reposa
sobre rodillas ensangrentadas.
Es hora de cosecha,
ella se agacha a recoger en su vientre
los calambres producidos
por osar retener posiciones
que un día se le antojaron eternas.
Se escapó la luz,
y con ella el color y el sonido…
Huele a angustia en esta soledad
entre cables que pierden las fuerzas.